diciembre 30, 2010

Teatro de la Peste Negra I

Vacío. Nada, en cuyo interior habían recuerdos y miedos sanguinolentos. Sucios y oscuros. Secos. Nidos de ratas dormían ahí. Meados y violados. Era un cuarto oscuro y denso, de luz uterina/visceral.
Una habitación corpórea, muscular. De paredes palpitantes, de venas y fibras ascendentes, descentes.
Se arrastraba por el lugar tratando de encontrar el sitio más cómodo.
El olor a amoniaco hacía supurar los poros, y humedecía los sexos.
Abstracta. Putesca.
Estábamos en algún círculo del infierno de Dante, o en alguna esquina del espacio.
-A mi mismo: El espacio es intimidante. Gigante, opresivo. A la mierda los extraterrestres que me persiguen en sueños. Es amorfo. Frío, tibio (al mismo tiempo).
Las mandíbulas se trituraban a sí mismas. En un rincón habían dos lobos hermanos, que nacieron de la misma yegua negra, y recurrían al incesto.
El suelo latía y se escuchaba el sonido antes del parto mientras la fiebre descarnada azotaba al cuerpo.
El telón se extendió y se desplegó la gran pantalla. El neón brillaba sobre las paredes ardientes y proyectaba rojo, violeta, azul. Olas gigantes que se formaban en alta mar y al reventar escupían serpientes muertas de tonos turquesa y lila.
El chico se imaginó y caminó hacia el abismo en blanco y negro. Aferró la biblia a su pecho y le gritó a Satanás: Un padre siempre conoce a su hijo, siempre se desvanece en su cerebro.

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